Padre Antonio Rivero: “¡Seamos buenos samaritanos!”

DÉCIMO QUINTO DOMINGO TIEMPO COMÚN

Ciclo C

Textos: Deut 30, 10-14; Col 1, 15-20; Lc 10, 25-37

Antonio Rivero, L.C. Doctor en Teología Espiritual, profesor en el Noviciado de la Legión de Cristo en Monterrey (México) y asistente del Centro Sacerdotal Logos en México y Centroamérica, para la formación de sacerdotes diocesanos.

Idea principal: La caridad misericordiosa es el distintivo propio del cristiano.

Síntesis del mensaje: Hoy nos sorprende este evangelio de Lucas sobre el buen samaritano, que recoge todos los rasgos de la caridad misericordiosa, predicados y vividos por Cristo durante su vida terrena, para que también nosotros le imitemos.

Puntos de la idea principal:

En primer lugar, fijemos la atención en el sacerdote que pasa de largo. ¿Cuál era la función o ministerio del sacerdote -en hebreo kún– del Antiguo Testamento? Es el hombre que “está delante de Dios” (Dt 10,8). También el sacerdote sería el hombre que se inclina en adoración ante la divinidad. Otros todavía relacionan el término con una raíz atestiguada en siriaco, que expresa el concepto de prosperidad; el sacerdote es el hombre que, por medio de la bendición, procura la prosperidad para todos. En griego, kohen ha sido traducido por hiereús, término emparentado con hierós, sagrado: el sacerdote es el hombre de lo sagrado. Resumiendo sus funciones: hacer oráculos por medio de objetos sagrados llamados tummim y ‘urim (cf.1Sam 23,9; 30,7) enseñan los preceptos de Dios  (cf. Ag 2,11s; Zac 7,3; Dt 31,9; Mal 2,7); a la función de la enseñanza va ligada también una cierta competencia jurídica (cf. Dt 21, 5); otra función,  ofrecer los sacrificios (cf. Dt 33,10); pureza ritual, y por eso debían evitar todo contacto que les volviese impuros (basta leer el libro del Levítico), transmitir la bendición de Dios y la custodia del Santuario. Ahora entendemos cómo fue gravísima a los ojos de Dios la omisión de este sacerdote ante ese hombre tirado y apaleado en el camino y a punto de morir. Nada hizo por socorrerlo. Sus ojos cerrados por egoísmo. Su corazón petrificado por el legalismo. Sus manos esclerotizadas por el peso de tantos candelabros. ¿De qué servían sus rezos sin caridad misericordiosa? ¿De qué le servían sus abluciones y lavatorios sin caridad misericordiosa? ¿De qué le servían sus inciensos olorosos en el templo, si no supo ver la imagen de Dios herida en ese prójimo que agonizaba y que olía a injusticia, abuso? “De nada sirve”, nos dirá san Pablo en el famoso himno de la caridad (cf. 1Cor 13, 1- 13).

En segundo lugar, fijemos la atención en el levita que también pasa de largo. ¿Qué función realizaba el levita? En Israel las funciones cultuales fueron confiadas a los levitas, competencia especial para el culto (cf. Jue 17,7-13). También, actuaban como guardianes del templo y de las diversas ceremonias y ofrendas que tenían lugar en él. Los levitas oficiaban el servicio de la mañana, ofrecían la bendición al final del servicio -como portavoces directos de Yahvé- y pedían la influencia divina de su dios. Ellos eran criados dentro del templo, ayudando a otros sacerdotes, y se desempeñaban como guardianes del tabernáculo. Dado que se sacrificaban muchos animales como ofrendas en el templo, ellos realizan estos sacrificios. Se esperaba que los levitas sintieran celo por el Señor, hasta el punto de sacrificar cualquier derecho sobre una propiedad o posesión de tierras. Como representantes de Yahveh, o “Cohen” en hebreo, debían demostrar ciertas características piadosas como la bondad, la sabiduría y la justicia. Ahora se entiende la gravedad de la omisión del levita en este evangelio de hoy: vio al hermano tirado, herido, medio muerto, pero pasó de largo. ¿De qué sirve la piedad sin la caridad? ¿De qué sirve la sabiduría sin la caridad? ¿De qué sirve abrir y cerrar puertas de los templos y encender velas a los santos y ofrecer exvotos y hacer peregrinaciones a pie y flagelarse, e imponerse ayunos y abstinencias fuertes, sin la caridad? De nuevo nos responde san Pablo: “De nada sirve”.

Finalmente, fijemos la atención en el buen samaritano. ¿Qué y quién era un samaritano? Los samaritanos (habitantes de la ciudad y región de Samaria) no eran bien vistos por los judíos del sur, debido a ciertas diferencias raciales que provenían desde la época del primer cautiverio. Aunque eran hebreos, eran menospreciados y considerados como hebreos extranjeros, o hebreos de segunda clase, por los que eran de Judá (al sur). Y porque se mezclaron con los extranjeros que habían traído de Asiria y Babilonia, eran tenidos como mestizos y racialmente impuros. Además, adoptaron una religión que era una mezcla de judaísmo e idolatría (2 Re 17, 26-28). Más motivos de odio contra los samaritanos: los judíos, después de su regreso de Babilonia, comenzaron a reconstruir su templo, y mientras Nehemías estaba comprometido en la construcción de los muros de Jerusalén, los samaritanos vigorosamente intentaban detener la empresa (Nehemías 6, 1-14); y ellos mismos construyeron un templo para ellos mismos en el “Monte Gerizim”. Mas Samaria se convirtió en un lugar de refugio para todos los forajidos de Judea (Josué 20, 7; 21, 21). Y el colmo: los samaritanos recibieron solamente los cinco libros de Moisés y rechazaron los escritos de los profetas y todas las tradiciones judías. Ahora entendemos todo el odio, el desprecio de los judíos hacia esa raza. Y, sin embargo, el samaritano del evangelio, ¿cómo reaccionó ante el pobre judío maltrecho y medio muerto por la paliza propinada? Vio a ese hombre. Sintió compasión por él. Y sacó de su corazón gestos de la caridad misericordiosa: se acerca, baja del jumento, le derrama vino y aceite en las heridas, las venda, lo monta sobre la cabalgadura, lo lleva al mesón, paga por él. Caridad que no desemboque en detalles concretos no es caridad misericordiosa; será a lo más, filantropía.

Para reflexionar: San Agustín nos hace reflexionar sobre esta parábola. Quien está tirado y apaleado al borde del camino es la humanidad toda. Los tres grandes enemigos del hombre –mundo, demonio y nuestras pasiones- son los que nos dejan medio muertos. Cristo es el Buen Samaritano que bajó del cielo y se acercó a nosotros, poniéndonos el bálsamo de sus sacramentos, llevándonos al mesón de la Iglesia y pagando con su sangre el precio que exigían tantos cuidados. ¿En cuál personaje nos reflejamos: sacerdote, levita o samaritano?

Para rezar:

Señor, no quiero pasar de lejos
ante el hombre herido en el camino de la vida.
Quiero acercarme
y contagiarme de tu compasión
para expresar tu ternura,
para ofrecer el aceite que cura heridas,
el vino que recrea y enamora.

Tú, Jesús, buen samaritano,
acércate a mí,
como hiciste siempre.

Ven a mí para introducirme en la posada de tu corazón.
acércate a mí,
herido por las flechas de la vida,
por el dolor de tantos hermanos,
por los misiles de la guerra,
por la violencia de los poderosos.

Sí, acércate a mí,
buen samaritano;
llévame en tus hombros, pues soy oveja perdida;
carga con todas mis caídas,
ayúdame en todas mis tribulaciones,
hazte presente en todas mis horas bajas.

Ven, buen samaritano,
y hazme a mí tener tus mismos sentimientos,
para no dar nunca ningún rodeo
ante el hermano que sufre,
sino hacerme compañero de sus caminos,
amigo de tus soledades,
cercano a tus dolencias,
para ser, como Tú, “ilimitadamente bueno”
y pasar por el mundo “haciendo el bien”
y “curando las dolencias”. Amén.

Para cualquier duda, pregunta o sugerencia, aquí tienen el email del padre Antonio, arivero@legionaries.org

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