¿Miedo, desconfianza? Esta es la fe que necesitas

Hoy los apóstoles le piden a Jesús lo más evidente: “Auméntanos la fe”. Me falta fe. Creo en lo que toco, en lo que poseo. Creo en lo que puedo lograr con mis fuerzas, con mi empeño. Y dudo de lo que no veo. Me siento débil y dudo. Mi falta de fe, o mi fe tan pequeña. Hoy Jesús me dice:

“Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa morera: – Arráncate de raíz y plántate en el mar, y os obedecería”.

El grano de mostaza. La más pequeña de las semillas. ¿Acaso mi fe es más pequeña que ese grano? Es como si no tuviera ninguna fe. Me gustaría creer, pero no creo.

Y eso que lo sé muy bien: Basta la fe para estar unido a Dios y esto es un gran consuelo”. Basta con tener fe. Con confiar en un Dios que está al otro lado del mar, en la otra orilla. El padre José Kentenich me recuerda cómo tiene que ser mi fe:

“A la pregunta de por qué hoy la fe se ha debilitado tanto, habría que responder: – Es la fatal consecuencia de estar en una Iglesia sedentaria. Que la fe exige audacia es algo que se puede demostrar. Comprendemos entonces que nos pida justamente audacia, que nos pida un salto mortal de la razón, la voluntad y el corazón. Arrojarnos a los brazos de un Dios vivo que muchas veces se nos oculta en la oscuridad”.

La fe me pone en camino. La fe en un Dios que me habla en el corazón y me anima a ser audaz. El problema es que me quedo sentado esperando. Creo que todo se va a solucionar sin hacer nada. Me equivoco.

Dios quiere que sea valiente. Un grano de mostaza, sólo eso. No lo consigo. Un grano de mostaza, así de pequeña y de grande.

La audacia suficiente para atreverme a seguir sus pasos y emprender caminos imposibles. Esa fe es la que quiere Dios de mí, la que espera. Sólo quiere que crea en Él.

Y yo que tengo tan poca fe. Me cuesta creer en mí mismo. Pensar que puedo hacer cosas más allá de mis posibilidades. Creo en lo que sé hacer. Desconfío por miedo al fracaso. Y no hago lo que no controlo. Tengo miedo.

Esa falta de fe en mí mismo me lleva a esconderme. No me arriesgo porque no quiero quedar mal. El que no se arriesga no pierde nada. Es más seguro. Y cuando se me plantean nuevos desafíos, desconfío.

Creer en mí mismo, en mis capacidades ocultas. Ser capaz de arriesgarlo todo es lo que quiere Dios de mí. Que crea en mí. Es el comienzo del camino.

Si logro creer en mí podré creer en otros. Podré mirar al corazón de las personas y confiar en lo que pueden dar de sí. Creer en sus posibilidades incluso cuando ellos hayan dejado de creer en sí mismos.

Mi fe levanta a los caídos, salva a los heridos, hace renacer a los que han perdido las esperanza. Esta fe mía en la bondad del corazón humano va contra la lógica del mundo.

Porque hoy me enseñan a desconfiar. A no creer en los demás. A dudar de sus intenciones. Me resaltan todo lo que hago mal. Y dejan de enaltecerme por mis victorias. Se ríen de mis derrotas y les quitan valor a mis éxitos. Así no puedo creer en mí mismo.

Hoy Jesús quiere aumentarme la fe. En mí mismo. En los demás. Y sobre todo la fe en su poder. Esa fe en el Dios de mi historia. Él me conduce por la vida, por mis caminos. Sólo tengo que aprender a creer.

Una fe audaz. Una fe viva que busca señales para tomar decisiones y ponerse en marcha. Una fe que mueve montañas. Que hace posible lo imposible. Una fe que me saca de mis miedos. Y vence mis desconfianzas. Una fe en el poder de Dios, en su amor infinito, en su bondad y en su capacidad para hacer de mí un hombre nuevo.

Quiere Jesús que tenga un corazón de niño. Un corazón capaz de confiar en el poder misericordioso de Dios en mi vida. Esa fe es la que no tengo. La que mueve montañas, la que hace del mar una aventura. La que no teme las tormentas y ve en los desafíos y problemas una oportunidad para dar un salto.

Le pido a Dios que aumente la fe para ver detrás de la cruz su bendición y un plan oculto lleno de sentido. Aunque no comprenda nada de lo que me pide. Aunque no sepa cómo hacer para seguir luchando.

Una fe pequeña como una semilla pero que permite que surja de ella el árbol más grande. Es la fe que deseo. La fe que me hace entregarme por entero en todo lo que hago. La fe que pone la confianza en Dios más que en mis fuerzas.

Esa fe que me hace creer que todo lo que hago va a dar un fruto infinito que yo no controlo. Esa fe en lo que Dios puede hacer con mi vida aun viéndola yo tan pequeña y pobre.

Es la fe que deseo hoy para mi vida. La fe que detrás de una semilla ve un árbol inmenso. Y detrás de una orilla ve otra orilla oculta más allá del océano. Aunque no alcancen mis ojos. Y yo dude por la hondura del mar y la fuerza de sus olas.     

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